Categoría: Restaurantes

Críticas, crónicas y recomendaciones de algunos de mis restaurantes favoritos.

  • (re) Definir la cocina española

    Pocas veces estamos ante un hito histórico y aún en menos ocasiones sabemos reconocer que lo estamos. El artículo sobre Mercado Little Spain de Pete Wells para The New York Times es, a mi parecer, uno de esos hitos, de la misma manera que lo fueron el decálogo de Gault y Millau para la Nouvelle Cuisine en 1973 o la portada de New York Times con Ferran Adrià para la Cocina Tecnoemocional en 2003.

    En este caso no estamos ante una revolución o cambio de paradigma, como suele decirse, sino ante algo más mundano, pero igualmente importante, por lo menos para la gastronomía española.

    Mientras otros países han sabido vender muy bien su cocina –pienso en Italia, Francia, México, China, India o Japón–, aunque de manera más o menos fidedigna, España siempre ha ido rezagada en esta carrera. Más allá de las posibles causas, me importan las consecuencias. La gastronomía española tiene un potencial enorme, por su diversidad y calidad, por un interés creciente por la comida alrededor del mundo desarrollado y porque está enmarcada dentro de la muy bien percibida dieta mediterránea, entre otros motivos, y sin embargo nadie había hecho –o no había sabido o podido hacer– bandera de ella. Hasta ahora.

    Mercado Little Spain, enésima aventura de José Andrés y los hermanos Adrià, es un inmejorable escaparate en el extranjero de la cocina española y el reportaje del New York Times es un altavoz muy poderoso.

    La suma de ambos factores definirán el futuro nuestra gastronomía. Como es bien sabido, poco importa lo que uno crea que es, porque uno termina siendo lo que los demás dicen que es. En este sentido, aunque dentro de la fidedigna oferta de Mercado Little Spain haya platos tan poco españoles como la Piña Borracha –que tiene toda la pinta de ser una piña osmotizada con ron con el sello de Albert Adrià–, estos platos formarán parte del imaginario colectivo que definirá la gastronomía española. Así, junto clásicos como el cochinillo, la paella y el gazpacho, cualquier plato que se ofrezca en Mercado Little Spain pasará a formar parte del recetario español, por lo menos para los clientes que lo hayan comido.

    Sinceramente, me importa un comino que la Piña Borracha salga o no de un corpus culinario o de la manga de un chef genial. La cuestión aquí es que estos tres cocineros –José Andrés y Ferran y Albert Adrià– han conseguido algo inimaginable: una plataforma para definir o redefinir la cocina española. Una hazaña como para sacarse el sombrero –otra más–.

  • Hisop, diciembre de 2018

    Llevo tiempo sin publicar una reseña de restaurante en mi blog y es normal, tampoco este es un blog gastronómico, o no lo es apenas.

    Quizá por eso, porque este blog es apenas gastronómico, me permito publicar esta crónica de mi comida de ayer en Hisop. No lo digo para afear la cocina de Oriol Ivern, ni mucho menos, todo lo contrario.

    El caso es que soy un poco fan de Ivern. Es un dato que él no conoce. Yo mismo lo he descubierto poco a poco, leyendo los mensajes de agradecimiento que dedica a sus clientes en redes sociales o las justificadas protestas ante críticos que llevan años sin pisar el restaurante pero escriben sobre él; enterándome de su respeto por las personas con las que trabaja, que traduce en buenas condiciones laborales. En fin, me he descubierto fan de Ivern porque aprecio cosas de su conducta que deberían ser normales,  pero que no lo son porque vivimos en un mundo de barbarie y estulticia.

    Valoro de la cocina de Hisop que en ella gobiernan ética y estética. Ignoro si eso es fruto de una reflexión de Ivern o bien de su forma de ser, aunque ambas cosas podrían ser lo mismo.

    Los platos que comí ayer fueron una confortable sucesión de productos de temporada cocinados con la elegancia habitual de este restaurante. Elegancia entendida como ausencia de lo superfluo.

    Erizos con calabaza y citronella; níscalo a la brasa con papada y crema de setas; jurel con trompetas, tahina y uvas; alcachofas confitadas con butifarra de perol y cúrcuma; merluza con rebozuelos, alforfón e Islay; ciervo con nabos, cacao y salsifí; higos con lima y wasabi; nata frita con kaki y maracuyá.

    Todos los platos salieron perfectos, pero me interesó el gesto de rallar cúrcuma fresca sobre las alcachofas, la cocción del ciervo y el uso del cacao y la combinación de maracuyá y kaki en el postre de nata –un postre soberbio, uno de los mejores que he comido este año–. Desde mi punto de vista, son detalles que denotan una ausencia de pretensiones de epatar y mucha sensatez coquinaria.

    En cuanto a la sala, las cosas suceden con la misma placidez que en el plato. Carmeta, Maria y Judit manejan las mesas con las dosis perfectas de conocimiento, respeto y simpatía.

    Colgué las fotos de los platos en Instagram.

    Hisop: Passatge de Marimon, 9. Barcelona. Teléfono: 932 41 32 33. Mapa.


     

  • Enigma: una crónica sentimental

    Después de leer este artículo de Pau Arenós pienso que no hace falta escribir nada más sobre la apertura de Enigma. Unos días antes lo contaron otros; con bula o ignorando deliberadamente la petición de retener las publicaciones hasta el día 3 de enero, fecha oficial de apertura; y dentro de poco lo contarán otros muchos, seguro, pero la crónica de Arenós recoge todo lo necesario.

    Sin embargo, escribo: al fin y al cabo llevo esperando cuatro años para escribir.

    Conocí a Albert Adrià en enero de 2013. Aquél mismo día me contó que iba abrir un montón de restaurantes, uno de ellos sin nombre, pero con símbolo: ‘?’. Lo mío con Albert fue un flechazo, me sedujo todo de él: su determinación, su cercanía, su clarividencia. En ocasiones pienso que es una de las personas que más me han inspirado últimamente.

    En cuanto me contó que construiría lo que ha terminado siendo ElBarri, entonces Albert quería completar la obra en un sólo año, supe que lo conseguiría y que iba a ser algo grande. Me enganché a su historia.

    Cuatro años han pasado ya. Y me pregunto por las prisas en adelantarse a publicar, ¿por qué? ¿Para ser el primero? ¿El primero en qué?

    Enigma, aquél ‘?’ que ha dado tantas vueltas, aún no está resuelto. Todos los restaurantes de Albert cambian a una velocidad apabullante hasta tomar una forma casi definitiva.

    Lo que se escriba ahora de Enigma será todo lo que se pueda escribir hasta ahora, nada más. El enigma es cómo acabará siendo.

    Cuando hace unas semanas Albert me invitó a conocer el restaurante me sentí privilegiado. La cita era el día 23. «Per començar a celebrar el Nadal!», me dijo. Estuve ansioso toda la semana previa.

    Conté los días. Había visitado Enigma durante la construcción, conocía el espacio cuando era un espacio vacío, había visto alguna foto insinuante, sobre todo las que el mismo Albert publicó durante el desarrollo de la carta. Ansiaba ir a Enigma también para volver a ver a Oliver Peña cocinando, a Marc Álvarez detrás de la barra, a Cristina Losada al mando de la sala y la bodega. En una ocasión, Albert me dijo: «el talento llama al talento». Mis expectativas eran muy altas.

    Y llegó el día.

    Lo que ocurre dentro de Enigma ya lo ha contado Pau Arenós. Publicar fotos o nombrar los platos en mi blog personal me parece desconsiderado –porque saqué unas fotos terribles y porque el factor sorpresa se arruina–. Tratar de juzgar lo que ha creado Albert Adrià y su equipo sería pretencioso: saben de gastronomía muchísimo más que yo.

    Sólo hacer notar la  impresionante habilidad de los cocineros y bartenders para que el comensal no perciba la complejidad de las preparaciones –tampoco puedo dejar de hacer notar la maestría de Marc Álvarez, inventando cócteles clásicos futuristas–.

    Callo y me asombro. Y disfruto mucho. De la comida y de la experiencia. Porque aquí sí toma relevancia la experiencia, tan pretendida en lo gastronómico.

    Enigma no es un restaurante. O no es sólo un restaurante. Son muchos restaurantes en uno. Y también es un ejercicio que replantea el concepto de ‘restaurante’: la sala, la bodega, la cocina, el bar.

    De alguna manera, desde mi humilde punto de vista, Enigma inaugura algo que ya apuntaba 41º Experience: la categoría de postrestaurante. Aunque esto también lo ha escrito Arenós.

  • Desconcierto

    Al final de una cena de prensa en su nuevo restaurante, Dos Pebrots, Albert Raurich lanza la pregunta: «¿Qué os ha parecido?».

    En ocasiones, cuando algo o mucho ha fallado en la cocina, puede ser una pregunta incómoda.

    No es el caso, la cena estuvo perfecta, pero respondo que estoy desconcertado. «Aunque no es algo negativo», añado.

    En ese momento, no sé explicar mi desconcierto. Si supiera, ¿sería desconcierto?

    Josep Sucarrats, con muy buen tino, sabe explicárselo a Raurich y, de paso, yo me entero también.

    Sucarrats dice algo así: «es un restaurante conceptualizado alrededor de la cocina y no estamos acostumbrados. Últimamente vamos a restaurantes conceptualizados alrededor de una experiencia, o de la decoración, o de un producto…».

    Raurich, con el mismo buen tino, responde: «¡Es que soy cocinero!».

    La cocina de Dos Pebrots rescata platos de todo el Mediterráneo sacados de recetarios antiguos. En la carta está referenciado de qué libro sale cada receta, que técnica principal se emplea en ella, qué antigüedad puede tener, qué herramienta hay que usar para comerla. Cocina, cocina, cocina.

    Días después, el desconcierto muta: ¿en qué punto está la restauración en Barcelona cuando un restaurante basado en la cocina nos desconcierta?

    No puedo explicármelo inmediatamente.

    Dos Pebrots: Carrer del Dr. Dou, 19. Barcelona. Teléfono: 938 53 95 98. Mapa.

  • Lo éxotico y lo propio

    Tras el tsunami de restaurantes empeñados en recuperar croquetas y ensaladillas, se imponen los restaurantes mezcladores. Mezclan lo exótico y lo propio.

    Baos, ramens, dumplings, currys… todo permite una declinación mediterránea.

    El concepto no es nuevo, pero quieren que lo parezca. Tampoco es sorprendente, pero se empeñan en venderlo así.

    ¿Es interesante?

     

    Artur Martínez, cocinero poco reivindicado, lleva unos años hablando del exotismo de proximidad.

    Su lenguaje es complicado. ¿Cómo sorprender con lo propio? ¿Cómo convertir la almendra en fruto del paraíso?

    Ahondar en la propia tradición para reflotarla convertida en algo nuevo. Transitar una historia paralela, cocinar por el otro brazo de la bifurcación, por el que nunca anduvimos.

     

    Safe Cruz hace algo parecido en Gofio.

    Cocina canaria evolucionada, meditada, evocadora de otras culturas. ¿Cuántos pabellones distintos habrán amarrado en el archipiélago atlántico a lo largo de la historia? ¿Qué pucheros habrán humeado ahí?

    Safe, y Artur y otros más, hacen exótico lo propio. Un mojo, un escabeche, unas pobres gachas de gofio.

    Me interesa mucho más.

  • Hormigas en la despensa

    Encontrar hormigas en la despensa no es tan raro. Un repostero con prisa, un bote de azúcar mal cerrado. Los himenópteros siguen el rastro dulce hasta dar con su fuente de calorías para el invierno.

    Otra cosa es separar las hormigas del azúcar y comerse el insecto. Las cejas se arquean. Hilos invisibles tiran de las comisuras de los labios.

    Pero tampoco es tan raro, no fuera de aquí.

    Ceviche de tendones de cazón con almeja y piel de pollo.
    Ceviche de tendones de cazón con almeja y piel de pollo.

    Bárbara Verzola y Pablo Pavón están de gira. Llevan su restaurante, Soeta, a cuestas. Ya han visitado Barcelona y seguirán a Copenhagen, Lisboa y Río de Janeiro. También llevan a cuestas la despensa de Espíritu Santo, un estado del sureste de Brasil.

    La cena, ofrecida en Hoja Santa, es un desfile de nombres y sabores extraños. Magnífica la tosta de corazones de pollo acompañada de chicha de jabuticaba, una baya que brota pegada al tronco de su frutal: sirven su zumo templado, agridulce. El ceviche de tendondes de cazón y piel de pollo es dulce y sedoso, algo anisado. Es largo, salado y yodado el helado de agua de almeja, almeja mimética. La sopa melosa de tucupí, zumo amarillo de mandioca, me descoloca: es ácido y amargo.

    Sopa melosa de tucupí, aleta de cazón, crestas de gallo y gamba.
    Sopa melosa de tucupí, aleta de cazón, crestas de gallo y gamba.

    La secuencia italiana, Bárbara tiene ascendencia de la bota, es fácil y complaciente. Todos la entendemos. Untuosa la carbonara de yemitas, deliciosos los espaguetis con mantequilla ahumada.

    Yemitas a la carbonara.
    Yemitas a la carbonara.

    Puro umami: champiñón madurado con sopa de tuétano y caldo de carne y, sobre todo, el extraordinario té de champiñón con cachaça. La infusión es reconfortante, profunda.

    Champiñón madurado, sopa de tuétano y caldo de carne.
    Champiñón madurado, sopa de tuétano y caldo de carne.

    Descoloca de nuevo el helado de palmito a la brasa. Y todos nos detenemos ante el postre de miel fermentada, pétalos de capuchina y hormiga amazónica. Es nuestro disco rojo. Pero quedarse con la hormiga es elegir la anécdota

    Miel nativa con hormiga amazónica.
    Miel nativa con hormiga amazónica.

    El postre de miel es acético, dulce, cítrico. Sí, tiene algo crujiente. Serán las patitas.

    Más tarde comentamos: ¿nos ha gustado la cena?

    Me interesa. Me lleva de viaje.

    Hoja Santa: Av. de Mistral, 54. Barcelona. Teléfono: 933 48 21 94. Mapa.

  • Les Cols

    Royal de trufa
    Royal de trufa

    En noviembre de 2014, durante la cuarta edición de MAD, Albert Adrià habló sobre el miedo como motor creativo.

    El pasado mes de noviembre, durante la Feria del Libro de México, Enrique Vila-Matas pronunció un discurso sobre el futuro. El escritor expresó una idea de la que ya había hablado en otras muchas ocasiones: «He venido a hablarles del futuro. Y está claro que, como me autoimpongo el tema yo mismo, busco complicarme la vida. Nada que me sorprenda demasiado. Así he venido trabajando estos años, llevando libros difíciles lo más lejos posible, hasta sus límites; libros que, al publicarlos, se convertían en callejones sin salida, porque no se veía qué podía hacer después de ellos».

    Huevo cocido a baja temperatura, mayonesa y atún
    Huevo cocido a baja temperatura, mayonesa y atún

    Algo parecido al miedo, a encontrarse en un callejón sin salida o a andar por un cable tendido sobre un volcán extinto debe sentir Fina Puigdevall al plantearse un menú como Hort i galliner. Productos humildes, planteamiento casi vegetariano, emplatados austeros, presentaciones monocromáticas, declinaciones, texturas y temperaturas exigentes con el comensal.

    Patatas

    Vila-Matas, en su discurso, dice: «por suerte, siempre a última hora, me acordaba de que la inteligencia es el arte de saber encontrar un pequeño hueco por donde escapar de la situación que nos tiene atrapados».

    Con inteligencia, mucha técnica y una sensibilidad extrema, Fina resuelve todas las complicaciones que se autoimpone.

    Acelgas
    Acelgas

    Notable su royal de melanosporum; el huevo con atún y mayonesa que evoca la esencia de una ensaladilla rusa; la patata texturizada como si fuera tofu con jugo, aceite de eucalipto y all cremat; las acelgas en salsa verde de sus hojas y jugo de rostit, y la lechuga a la brasa aliñada con jang y pimienta.

    En Les Cols sirven platos inteligentes de una cocinera con lenguaje propio, otra vez.

    Lechuga
    Lechuga

    Les Cols: Carretera de la Canya, 106. Olot (Girona). Teléfono: 972 26 92 09. Mapa.

  • La Calèndula

    La navaja de Iolanda
    La navaja de Iolanda

    Los cocineros con propuestas personales son el trébol de cuatro hojas. Encontrarlos es la excepción. Existen demasiadas cartas que huelen a copia.

    Ante el ataque de los clones, Iolanda Bustos responde con flores. Su restaurante, La Calèndula, ha sido una de las aperturas más refrescantes de este año.

    Carpaccio de sepia
    Carpaccio de sepia

    Más allá del sabor y la estética –Iolanda emplata con arte– uno se alegra de encontrar un lenguaje.

    Lo fácil es decir que Iolanda cocina con flores. Pero Iolanda cocina con todo. Su recetario es delicado, preciosista y sabroso. Las flores son el acento.

    Arroz Nemo

    Son memorables los mejillones a la brasa con muselina de azafrán; el huevo merengado con trufa y duxelle de seta de cardo y rebozuelos o el carpaccio de piña infusionada en hibisco y helado de hierbaluisa.

    Juegan a otra liga la navaja al vapor con aire de miso, begonias, tapioca e hinojo; el carpaccio de sepia y el arroz Nemo –mejor que cualquier otro arroz con sabor a mar que yo haya comido–.

    Visitar el restaurante y el Hotel del Teatre de Regencós es balsámico. Uno desearía quedarse para siempre y comprende que la cocinera dejara Girona por su amado Empordà.

    La Calèndula: Carrer Nou, 2. Regencós, Girona. Teléfono: 972 30 38 59. Mapa.

  • Más auténtico que el auténtico

    Es bien curioso que Casa Leopoldo cierre sus puertas en una Barcelona que hace bandera de la cocina tradicional. Proliferan raciones de callos, albóndigas, suquets y otros platos de la memoria. Cada semana se inauguran establecimientos inspirados en tascas de las que muchos apenas tenemos recuerdos. La cocina de la abuela se instala en los fogones de los chefs. Pero Casa Leopoldo, que ha mantenido una línea de cocina tradicional desde su apertura en 1936, tiene que cerrar.

    Más que curioso, es paradójico. El cierre dibuja una sociedad más interesada en la copia que en el original, poco habituada a rascar en la hemeroteca del gusto, versada en la inmediatez whatsapera de la novedad gastonómica.

    En agosto de 2014 entrevisté a Rosa Gil, propietaria de esta mítica casa, en la que tanto ha comido la menestralía del Raval, cuando éste era un barrio de talleres e industria ligera, como la burguesía o lo más florido de la intelectualidad local y extranjera.

    Rosa no escatimó críticas contra los sucesivos y desordenados planes del consistorio barcelonés para recuperar las Ramblas y aledaños; denunció la degradación del barrio en el que nació y en el que probablemente morirá –espero que dentro de muchos años–; se extrañó de la supervivencia de un hotel de lujo vecino; añoró los tiempos en que las langostas de Mallorca atravesaban en fila india la sala del Leopoldo en dirección a la cocina. Me pareció una mujer culta y con agallas. De joven, convenció a su padre de su capacidad para llevar el restaurante pegándole un bofetón.

    Un gestor se encargará del nuevo Leopoldo cuando vuelva a subir su persiana. ¿Pagará los servicios de un decorador para dar más solera al local? ¿Contratará la aseoría de algún chef para adaptar la carta a paladares modernos?

    Me pregunto cómo harán para mantener la energía de Rosa, cómo conseguirán que el nuevo Casa Leopoldo sea más auténtico que el auténtico; un establecimiento tan enorme que se puede escribir sobre él sin apenas mencionar a Manuel Vázquez Montalbán.

  • Un año de Hoja Santa y ochocientos días de Mole Madre

    El pasado miércoles Hoja Santa, el restaurante mexicano de Paco Méndez y Albert Adrià, cumplió un año. Los cocineros decidieron celebrarlo a lo grande. Aprovechando que Enrique Olvera estaba en Barcelona para presentar su libro México de adentro hacia afuera (Phaidon), invitaron al chilango a cocinar a seis manos. Se presentó el libro y se comió.

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    AAA, Enrique Olvera y Paco Méndez

    De primeras impresiona la lubricación de la máquina. Los engranajes de Hoja Santa resolvieron el menú degustación de veintiún pases con la sala completa en tiempo récord.

    Y luego está el estratosférico nivel de la cocina y la barra. Paco Méndez y Marc Álvarez bordan un discurso gastronómico difícil de definir. O muy fácil de definir. Lo dijo una compañera de mesa: «esto es a la cocina mexicana lo que elBulli fue a la catalana, ¿no?». Pues no sé si tanto, nunca fui a elBulli, pero sospecho que por ahí va la cosa.

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    La Ensalada César platónica

    Quizá por eso era tan difícil distinguir los platos de Hoja Santa y los de Enrique Olvera. Nunca he ido a Pujol pero si uno tiene que creer lo que lee ambos restaurantes están en la misma onda.

    Muchos platos muy buenos. Otros tantos memorables –la Ensalada César, tan cercana a la idea platónica de una Ensalada César; la paleta de hierbas; el plátano fermentado de Olvera; la cebolla X-Ni-Pek–. Y uno, para mí, mítico.

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    Cebolla X-Ni-Pek

    Tenía muchas ganas de llevarme a la boca el Mole Madre / Mole Nuevo de Olvera. Un plato contiene los dos: el viejo lleva refrescándose ochocientos días, evolucionando al ritmo de los productos de temporada, sobre todo las frutas. Comimos la salsa a cucharadas.

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    Mole Madre / Mole Nuevo

    Otro mole altísimo fue el Chichillo Negro de Paco Méndez. Paco ha demostrado repetidamente su talento con los moles -salsas tan profundas como un agujero negro–. Como ejemplo su mole vegetal, de intenso sabor proteico, ignoro si sigue en la carta de Hoja Santa.

    Hoja Santa: Av. de Mistral, 54. Barcelona. Teléfono: 933 48 21 94. Mapa.

  • León Paniego

    El pasado jueves, en el BistrEau del Mandarín Oriental, se celebró una cena a cuatro manos de proporciones épicas.

    El invitado de Ángel León fue Francis Paniego. Dialogaba el mar y la casquería. El mar de Ángel León, tratado a veces como carne, charlaba con la casquería de Francis Paniego, tratada a veces como mar.

    La sucesión de platos fue apabullante. No en vano se veían las caras dos de los cocineros con mayor talento de España.

    La navaja de Paniego.
    La navaja de Paniego.

    Delicados el aguachile de León y el tartar de corazones de Paniego. Sublimes las lechecillas con encurtidos –qué bien sientan los ácidos a las mollejas–. Imprescindible el asado de parpatana con glasa de perigueux. Brutal el seso lacado de cordero, de textura compacta.

    Pero el plato estrella fue el tendón de cerdo que emulaba una navaja. Un plato alucinante que junta mar y montaña con astucia y sabiduría.

    Me parece que el diálogo trataba de eso, de cocinar el mar y montaña más suntuoso jamás servido a unos comensales.

    Yo creo que lo lograron.

    Dialogando.
    Dialogando.

  • La cena de otro

    Describe Enrique Vila-Matas cierta inquietud al despertar. Cada mañana el racor podría fallar, y uno debe ser muy precavido para retomar la vida en el lugar y momento donde la dejó; o correr el riesgo de ser otro y empezar una vida distinta, eventualidad más probable cuando uno duerme en hoteles y despierta en una habitación que no es la suya, rodeado de muebles y objetos que no le pertenecen, cuando detrás de la cortina se dibuja la perspectiva de una calle de París, por ejemplo, la curva de la rue Vaneau.

    Yo creo que el fallo de racor, este no reconocerse, nos acecha en más ocasiones. Al doblar una esquina, tras una enfermedad grave o un evento traumático y, más que nunca, durante Nochevieja y el siniestro primero de enero, cuando todos los errores del año aún son nieve por pisar.

    La cena de Nochevieja no es asunto baladí. Podría ser la Noche del Fin del Mundo. La última noche de tu vida tal y como la conoces. O de tu vida, sin más. Por eso hay que entregarse a ella.

    Sospecho que José y Pere Monje intuyen lo mismo, y desde 1967 mantienen la tradición de organizar una cena de nochevieja en su Via Veneto que bien podría ser la cena del Fin del Mundo. Caviar Imperial del Caspio, ostras de la Ria d’Arousa, buey Charolais, pulardas de Sagàs y, sobre todo, mucho Dom Perignon.

    Champagne Dom Perignon durante toda la noche, reza la carta. Con el riesgo que implicará, al despertar, no encontrar una copa de estrellas en la mesilla.

    Un lujo al alcance de los pocos que pueden pagar entre trescientos y cuatrocientos euros por la cena. O de los que saben que mañana serán otro.