Opinar es un derecho, pero también es un vicio.
Uno desearía escuchar más veces un «preferiría no hacerlo», preferiría no opinar.
«No opinar sobre la guía Michelin de la que no tengo ni idea», por ejemplo, y que resulta difícil cuestionar: las estrellas no son de los cocineros, es sabido, pero tampoco son de los restaurantes.
Las estrellas son de la Guía y la Guía las presta.
Criticar es un derecho pero también una responsabilidad.
Muchos han criticado a David Muñoz y al pato de Noma. La crítica irreflexiva, para los del gatillo fácil. La crítica virulenta, para los del gatillazo.
Últimamente proliferan perfiles enmascarados que reclaman críticas más duras. Critican a la crítica pero lo hacen desde la cobardía del anonimato.
Ocurre que la crítica gastronómica es un oficio de sabios con firma. Arenós, Agulló, Capel, Jolonch, Maribona, Matoses, Regol, Rivas… otros somos cronistas, nos limitamos a relatar lo ocurrido. Aún nos falta perspectiva.
Alabar es un derecho pero se percibe como una debilidad.
Cada vez que alabo un texto ajeno, alguien me señala.
Es más fácil criticar con gatillo fácil, criticar y marcarse un gatillazo.
Alabar nos hace fuertes y, también, obviar nuestra opinión en algunas ocasiones.
Como haría Bartleby.
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